martes, 23 de junio de 2026

 

Imagen de Iffany-Pixabay


Hola, queridos/as lectores/as:

En esta ocasión os traigo un relato que trata del amor verdadero en su máxima extensión. O así lo considera la protagonista del mismo.

AMOR VERDADERO

Hibá acompañó a varios demonios hasta la puerta del infierno. Tenían que cumplir una misión: tentar a los humanos para ganar almas. Ella no tenía ganas de salir al exterior. Nunca lo había hecho y odiaba a los humanos y a Dios. Así se lo habían enseñado.

Cuando vio la luz del sol sobre la cima de las montañas que había en frente, coloreando de dorado la blanca nieve, se quedó maravillada. Salió al exterior y aspiró el aire limpio. Miró a su alrededor y escuchó el canto de los pájaros. Un demonio la miró perplejo y le ordenó que regresara al infierno. Hibá iba a obedecer cuando vio un ciervo con su cría y los miró atónita, provocando en ella un sentimiento desconocido que no era solo curiosidad. Entonces se preguntó si esa era la obra de Dios, por qué debía odiarlo. Le parecía que todo cuanto veía era una verdadera maravilla. Y se preguntaba: ¿Cómo eran los humanos?

Y lo que más despertaba su curiosidad era saber qué se sentía al amar a alguien. Ella solo conocía el odio, la soledad, la indiferencia. Reconocía que le había gustado la obra de Dios que conoció y despertó preguntas prohibidas en su ser. Necesitaba saber y para ello debía adentrarse en el mundo de los humanos.

La primera vez que se mezcló con la humanidad se sintió abrumada. Había tanta diversidad de sentimientos y opiniones que no entendía cómo era posible que pudiesen vivir en medio de un remolino tan confuso de energías.

Cuando empezó a distinguir el tipo de sentimientos que tenía cada persona hacia la obra de Dios, y a Éste mismo, se dio cuenta de que no todos sentían lo mismo. Había escépticos, ateos, creyentes, fanáticos. La diversidad la confundía y no conseguía saber qué era amar a Dios.

Habló con representantes de diferentes religiones sobre el amor a Dios. Habló con algunos humanos. No satisfecha con las respuestas pues no lograba sentir ese amor que buscaba, pensó que debía intentar amar a alguien para acercarse a ese sentimiento.

Un día sintió curiosidad por un pájaro: un gorrión. Lo siguió, le dio de comer. Dejó que se acercara a ella y admiró cómo formaba una familia durante la primavera.

Imagen de  Tilixia-Pixabay


Pero no sintió que ese acercamiento la ayudara a amar a Dios con plenitud. Y se hizo amiga de un perro callejero. Lo adoptó y lo cuidó. Un nuevo sentimiento despertaba en ella. Se preocupaba por el animal y parecía sentir algo más. Tal vez era cariño, además de instinto de protección. Cuando el perro murió por la edad, lo lamentó y lo echó de menos. Supo que había sentido amor por el animal pero no estaba convencida de que ese amor fuese similar al que se puede sentir por Dios.

Y conoció a un hombre con el que sintió más viva que nunca. Con él descubrió qué era estar enamorada. Bailó, rió, se preocupó, lloró de emoción y alegría y fue feliz. Creyó estar cerca, muy cerca de sentir ese amor por Dios que llevaba a las almas al éxtasis. Cuando él falleció la embargó una gran pena, la soledad, el vacío. Y pensó que no debía sentir eso si realmente amase a Dios.

Tenía que haber otra manera de sentir ese amor por el Creador de cosas tan hermosas como la Tierra y sus criaturas. Entonces tuvo una idea: ella también podía dar vida y quizá eso la ayudase a amar a Dios.

Y tuvo una hija a la que adoró desde el primer día que la sostuvo en brazos. Cuando su mirada se perdía en la de la pequeña la inundaba un amor tan infinito que supo que eso debía ser el amor que se sentía hacia Dios. Con el tiempo surgieron conflictos con ese nuevo ser que crecía y la retaba en su intento de formarse como persona. Aun así nunca dejó de amarla.

Imagen de BiancaVanDijk-Pixabay


Llegó el día en que debía despedirse del mundo y subió a lo alto de la primera montaña que vio al salir del infierno. Desde allí podía contemplar una gran inmensidad de la creación divina. A pesar de los desafíos, las dudas, el dolor, fue amada y correspondió a ese amor. Sintió la obligación de cuidar y proteger a esos seres vivos. Y aprendió a dejar marchar a sus seres queridos cuando llegaba el momento, aceptándolo con resignación pero sin culpar a Dios. Y conoció un nuevo sentimiento que jamás pensó tener: la esperanza. La motivación de confiar en que todo irá bien, que la ayudaba a estar tranquila.

Miró al cielo y dio las gracias por todo ello. Porque le permitieran disfrutar de la vida, de los sentimientos, del amor. Entonces supo que, aunque pudiesen surgir dudas en algún momento, había conseguido amar a Dios. Ya no podía retroceder. No podía odiarlo. No podía luchar contra Él. Se arrodilló y oró. Un ángel del cielo descendió y se puso a su lado. Le tocó la cabeza y sonrió. Dios la había perdonado. Ya no tenía que regresar al infierno. Hibá agradeció la bendición de Dios.

Imagen de JESUS is our onl HOPE-Pixabay

FIN

 

Espero que os haya gustado este nuevo relato. Os espero en la próxima lectura. ¡Un saludo! 👋

martes, 2 de junio de 2026

 

de GoranH, Pixabay


Hola, queridos/as lectores/as:

Hoy publico nuevo relato breve. Continúo con la temática melancólica. Espero que os guste.

 

LA MALDICIÓN DE LA ETERNIDAD

 

La tierra golpeó el ataúd y el sonido hueco retumbó en el corazón de Damián. Las rosas rojas empezaban a deshacerse bajo la intensa lluvia. Las nubes oscurecían el cielo adelantando la larga sombra de la noche.

Damián entregó una propina a los enterradores y se quedó delante de la tumba de su amada. Habían colocado una pequeña losa en donde podía leerse su nombre: Sonia. Más adelante pediría que le hiciesen un monumento que recordase su belleza y la tristeza de su partida. Había hecho lo mismo con las otras mujeres a las que había amado. Allí mismo, a su alrededor, estaban las tumbas de las otras mujeres. Se paseó por entre ellas recordando a cada una de ellas: Bianca, Christine, Michelle, Sara, Bernarda, Olga… Todas muertas a diferentes edades, en diferentes años. Años en los que Damián fue muy feliz. Amó y fue amado. Pero el dolor de perder a sus amadas empezaba a ser insoportable. Tal vez, con el tiempo, volvería a enamorarse. Y volvería a ser feliz, o lo intentaría, para terminar siendo infeliz. La tristeza empezaba a ocupar más espacio en su corazón que la alegría. Después de tanto tiempo empezaba a comprender lo que le había dicho su maestro, su creador: “La eternidad es una maldición”. Era cierto. Se puede amar muchas veces, de diferentes maneras. Pero el amor se acaba y nace la tristeza que se va haciendo perenne en la vida.



Tal vez debería seguir existiendo sin amar, aceptando la soledad y su dolor. Limitarse a pasear entre los recuerdos que estaban enterrados en el cementerio, al lado de su mansión. Miró hacia el oscuro horizonte y las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Dejó escapar un suspiro y regresó a casa bajo la fría mirada de las estatuas que adornaban las tumbas de las mujeres que amó y le amaron.



FIN

 

Gracias por leer mi escrito. Nos vemos en la próxima.



sábado, 16 de mayo de 2026

Hace tiempo que no publico nada nuevo en el blog. He tenido problemas de salud y apatía. Ahora vuelvo a escribir y hoy decidí escribir este relato breve.

"Camino de la niebla"

Clara detuvo el coche en medio de un camino de tierra. No reconocía aquel lugar lo que la hacía sospechar que se había perdido. El GPS hacía tiempo que había dejado de recibir señal alguna. El móvil tampoco tenía señal y no disponía de mapas de carretera antiguos. Dejó el coche a un lado y salió. Hacía frío y se podía sentir la penetrante humedad de la niebla que empezaba a invadir el bosque circundante, seguramente subía desde algún río cercano. Quiso regresar al coche pero una lejana luz llamó su atención. Cogió el abrigo, el bolso bandolera y empezó a caminar hacia la luz. El pueblo al que se dirigía tenía que estar cerca y ése debía ser un camino más de los que suele haber entre los bosques y fincas. 




A medida que avanzaba aumentaba su inquietud. La niebla se había hecho más espesa y le parecía ver sombras espectrales caminar entre ella. Las hojas de los árboles parecían susurrar advertencias o, tal vez, amenazas por su atrevimiento. 

Se detuvo al ver frente a ella un alto muro de piedra cubierto por la hiedra y una verja de hierro oxidado. En una de las columnas donde estaba la puerta había un candil encendido. Seguramente esa era la luz que había visto. Un poco más lejos se veía un viejo campanario de una iglesia. Se acercó a la verja y la abrió con dificultad. Hizo un ruido chirriante y, por un momento, Clara pensó que la puerta se iba a caer. El solar estaba lleno de tumbas viejas, con lápidas y cruces gastadas por la lluvia y el viento, cubiertas de musgo y maleza. Cada vez hacía más frío.




Se acercó a la puerta principal de la iglesia. No se podía abrir. Echó otra mirada al cementerio y entonces vio las sombras espectrales que había creído ver en el bosque. Para su horror se fueron haciendo más nítidas adquiriendo distinguibles rostros humanos. No parecían percatarse de su presencia. Caminaban sin rumbo fijo. Sus miradas estaban perdidas, aunque se podía atisbar un sentimiento de nostalgia. A pesar de su miedo, sintió pena por esas pobres almas que parecían perdidas en el limbo. 

Decidió regresar al coche pero antes de salir del cementerio le pareció oír que alguien la llamaba. Se volvió y vio a una mujer joven, de su edad, que le parecía conocer. Pero era imposible. Ella nunca antes había estado ahí, ni siquiera en el pueblo que quería visitar para hacer un trabajo de periodismo. Echó a correr hacia el coche y cuando llegó sintió un gran alivio. Entró en él sin preocuparse quitarse el bolso y el abrigo. Encendió el coche y giró para regresar por donde había venido. 

Varios minutos más tarde, sin saber cómo, se encontró conduciendo por el mismo camino de antes. Cerró los ojos unos segundos. Tenía que tratarse de una percepción errónea. Caminos de tierra entre el bosque lo había en todas partes. 

Una vez más, dio marcha atrás e intentó buscar otra carretera. Pero una y otra vez se encontraba en el mismo lugar. Llevó el coche hasta la puerta del cementerio y, sin bajar del coche, pudo ver parte de las tumbas que había en la entrada. La misma niebla que invadía el paisaje, los fantasmas caminando errantes. Y aquella mujer que la miraba insistente. Oía su nombre sin cesar. Y empezó a llorar. 




No entendía qué estaba pasando. Tenía que ser una pesadilla y quería despertar. Se golpeó la cara varias veces pero no volvía a la realidad que quería. Seguía allí, en aquel lugar horrible, atrapada. No podía decir cuánto tiempo permaneció en silencio dentro del coche. Finalmente, decidió salir y entró otra vez en el cementerio. Caminó hasta la iglesia. En esta ocasión, para su sorpresa, la puerta estaba abierta. Había luz en el interior y vio gente. Entró y caminó por el pasillo deteniéndose al llegar a la mitad. Parecía que nadie se daba cuenta de su llegada. Vio gente llorando. Le pareció reconocer a algunas personas. Comprobó que estaban celebrando un funeral. Se acercó hasta el ataúd. Miró al sacerdote que estaba sumergido en su tarea y no se fijó en ella. A un lado del ataúd, que estaba completamente cerrado, había varios ramos de flores. Al otro lado una fotografía de la persona fallecida. Horrorizada se reconoció en ella. Pero no podía ser cierto. Ella no estaba muerta. Estaba viva. Se sentía viva. Miró a la gente que asistía al funeral y reconoció a sus padres, a su hermano. Y al fondo, en la entrada vio al fantasma que la había llamado. Aquella mujer era hermana fallecida hacía dos años. La llamó nuevamente. Clara no quería aceptar su nueva realidad. Se acercó a sus padres y posó una mano en el hombro de su madre. Ella se estremeció y gimió pero no hizo la vio, ni debió percibir que era su hija quien la tocaba desde el Más Allá. 



Clara salió de la iglesia y su hermana se acercó a ella. Miró a su alrededor. La niebla había desaparecido. Los fantasmas tampoco estaban. Se veía el sol y el cielo era azul. Su hermana la cogió de la mano. Sonrió. Clara reconoció el lugar. Estaba en la iglesia del pueblo donde había nacido. Se dejó llevar por su hermana y desaparecieron.

FIN

Espero que os haya gustado el relato y espero poder compartir más escritos. ¡Saludos!