sábado, 18 de julio de 2026

 

 Pixabay, Clker-Free-Vector-Images

Ya estamos sumergidos de lleno en el verano, así que, he decidido publicar un relato breve veraniego. Espero que os guste.

EL CUBO

Para ser un día de verano caluroso no había mucha gente en la playa. De hecho, María se dio cuenta de que las personas que estaban allí eran algunos de los extranjeros que llegaban por esos días para disfrutar de las vacaciones. Ella también era forastera pero había nacido en el pueblo costero, aunque hacía muchos años que no lo visitaba. Este verano decidió que era una buena idea traer a su hijo pequeño al pueblo y enseñarle el lugar que un día fue su hogar, aunque por poco tiempo.

Se acomodaron en la arena y el pequeño de seis años, pidió acercarse a la orilla con su cubo rojo para coger agua. Quería hacer un castillo. María lo acompañó. Las olas mojaron sus pies. El pequeño llenó el cubo de agua y no lejos de la orilla, empezó a hacer el castillo. Mientras, María se tumbó para tomar el sol.

Pasó un tiempo y María se despejó. Se había quedado dormida. Comprobó si el pequeño estaba a su lado pero no era así y sintió que el corazón le daba un vuelco. En esos breves segundos en los que diferentes pensamientos de terror, intranquilidad y raciocinio se apoderan de la mente, recordó que el niño estaba un poco más cerca de la orilla. Entonces se dio cuenta de que se podía oír un ruido extraño. Como si una ráfaga de aire cruzaba un túnel.

Se levantó y miró perpleja lo que sucedía delante de ella. El niño la vio y corrió a su lado gritando algo que solo entendió cuando estuvo a su lado:

¡Mami, yo no lo hice! ¡Mami, yo no lo hice!

María no entendía a qué se refería. El ruido iba en aumento. Los demás bañistas se acercaron a ella para intentar comprender qué estaba sucediendo.

¡Mami, yo solo quería hacer mi castillo! —decía el niño. María lo atrajo hacia ella para tranquilizarlo.

Y pudieron ver, perplejos y horrorizados, que en el lugar donde el niño había echado agua para hacer su castillo, se había abierto un boquete que se profundizaba cada vez más y se tragaba la arena.

María y los demás recogieron las cosas y se alejaron de allí pero no lo suficiente pues la curiosidad podía con ellos. Miraron otra vez hacia aquel socavón que se hacía cada vez más grande. Llegó a la orilla y el mar se adentraba en él. Poco a poco se fue ensanchando y profundizando.

María cogió al niño de la mano y tirando a un lado la bolsa de la playa para que no la molestara, echó a correr hacia el pueblo. Algunos de los curiosos hicieron lo mismo que ella, otros se quedaron a observar atónitos como desaparecía la arena y el mar en el agujero que creía más y más.



El ruido se hacía ensordecedor y varios vecinos se asomaron a las ventanas o salían de los negocios para intentar saber qué estaba sucediendo. Mientras, el pozo crecía y se tragaba todo. Quienes se dieron cuenta de lo que acontecía intentaron huir horrorizados pero el hoyo terminaba por devorar personas, animales, casas…

Antes de ser absorbida por la fuerza que emergía de ese extraño agujero, María pudo ver el cubo rojo de su hijo girar en un remolino de viento y energía. No se veía el fondo. No se podía saber si las cosas caerían en otro lugar, desaparecerían o se quedarían así, girando sin parar por algún tiempo, tal vez, eterno.

FIN

Disfrutad del verano. No os olvidéis de leer algo y tened cuidado con los castillos en la arena.



martes, 23 de junio de 2026

 

Imagen de Iffany-Pixabay


Hola, queridos/as lectores/as:

En esta ocasión os traigo un relato que trata del amor verdadero en su máxima extensión. O así lo considera la protagonista del mismo.

AMOR VERDADERO

Hibá acompañó a varios demonios hasta la puerta del infierno. Tenían que cumplir una misión: tentar a los humanos para ganar almas. Ella no tenía ganas de salir al exterior. Nunca lo había hecho y odiaba a los humanos y a Dios. Así se lo habían enseñado.

Cuando vio la luz del sol sobre la cima de las montañas que había en frente, coloreando de dorado la blanca nieve, se quedó maravillada. Salió al exterior y aspiró el aire limpio. Miró a su alrededor y escuchó el canto de los pájaros. Un demonio la miró perplejo y le ordenó que regresara al infierno. Hibá iba a obedecer cuando vio un ciervo con su cría y los miró atónita, provocando en ella un sentimiento desconocido que no era solo curiosidad. Entonces se preguntó si esa era la obra de Dios, por qué debía odiarlo. Le parecía que todo cuanto veía era una verdadera maravilla. Y se preguntaba: ¿Cómo eran los humanos?

Y lo que más despertaba su curiosidad era saber qué se sentía al amar a alguien. Ella solo conocía el odio, la soledad, la indiferencia. Reconocía que le había gustado la obra de Dios que conoció y despertó preguntas prohibidas en su ser. Necesitaba saber y para ello debía adentrarse en el mundo de los humanos.

La primera vez que se mezcló con la humanidad se sintió abrumada. Había tanta diversidad de sentimientos y opiniones que no entendía cómo era posible que pudiesen vivir en medio de un remolino tan confuso de energías.

Cuando empezó a distinguir el tipo de sentimientos que tenía cada persona hacia la obra de Dios, y a Éste mismo, se dio cuenta de que no todos sentían lo mismo. Había escépticos, ateos, creyentes, fanáticos. La diversidad la confundía y no conseguía saber qué era amar a Dios.

Habló con representantes de diferentes religiones sobre el amor a Dios. Habló con algunos humanos. No satisfecha con las respuestas pues no lograba sentir ese amor que buscaba, pensó que debía intentar amar a alguien para acercarse a ese sentimiento.

Un día sintió curiosidad por un pájaro: un gorrión. Lo siguió, le dio de comer. Dejó que se acercara a ella y admiró cómo formaba una familia durante la primavera.

Imagen de  Tilixia-Pixabay


Pero no sintió que ese acercamiento la ayudara a amar a Dios con plenitud. Y se hizo amiga de un perro callejero. Lo adoptó y lo cuidó. Un nuevo sentimiento despertaba en ella. Se preocupaba por el animal y parecía sentir algo más. Tal vez era cariño, además de instinto de protección. Cuando el perro murió por la edad, lo lamentó y lo echó de menos. Supo que había sentido amor por el animal pero no estaba convencida de que ese amor fuese similar al que se puede sentir por Dios.

Y conoció a un hombre con el que sintió más viva que nunca. Con él descubrió qué era estar enamorada. Bailó, rió, se preocupó, lloró de emoción y alegría y fue feliz. Creyó estar cerca, muy cerca de sentir ese amor por Dios que llevaba a las almas al éxtasis. Cuando él falleció la embargó una gran pena, la soledad, el vacío. Y pensó que no debía sentir eso si realmente amase a Dios.

Tenía que haber otra manera de sentir ese amor por el Creador de cosas tan hermosas como la Tierra y sus criaturas. Entonces tuvo una idea: ella también podía dar vida y quizá eso la ayudase a amar a Dios.

Y tuvo una hija a la que adoró desde el primer día que la sostuvo en brazos. Cuando su mirada se perdía en la de la pequeña la inundaba un amor tan infinito que supo que eso debía ser el amor que se sentía hacia Dios. Con el tiempo surgieron conflictos con ese nuevo ser que crecía y la retaba en su intento de formarse como persona. Aun así nunca dejó de amarla.

Imagen de BiancaVanDijk-Pixabay


Llegó el día en que debía despedirse del mundo y subió a lo alto de la primera montaña que vio al salir del infierno. Desde allí podía contemplar una gran inmensidad de la creación divina. A pesar de los desafíos, las dudas, el dolor, fue amada y correspondió a ese amor. Sintió la obligación de cuidar y proteger a esos seres vivos. Y aprendió a dejar marchar a sus seres queridos cuando llegaba el momento, aceptándolo con resignación pero sin culpar a Dios. Y conoció un nuevo sentimiento que jamás pensó tener: la esperanza. La motivación de confiar en que todo irá bien, que la ayudaba a estar tranquila.

Miró al cielo y dio las gracias por todo ello. Porque le permitieran disfrutar de la vida, de los sentimientos, del amor. Entonces supo que, aunque pudiesen surgir dudas en algún momento, había conseguido amar a Dios. Ya no podía retroceder. No podía odiarlo. No podía luchar contra Él. Se arrodilló y oró. Un ángel del cielo descendió y se puso a su lado. Le tocó la cabeza y sonrió. Dios la había perdonado. Ya no tenía que regresar al infierno. Hibá agradeció la bendición de Dios.

Imagen de JESUS is our onl HOPE-Pixabay

FIN

 

Espero que os haya gustado este nuevo relato. Os espero en la próxima lectura. ¡Un saludo! 👋

martes, 2 de junio de 2026

 

de GoranH, Pixabay


Hola, queridos/as lectores/as:

Hoy publico nuevo relato breve. Continúo con la temática melancólica. Espero que os guste.

 

LA MALDICIÓN DE LA ETERNIDAD

 

La tierra golpeó el ataúd y el sonido hueco retumbó en el corazón de Damián. Las rosas rojas empezaban a deshacerse bajo la intensa lluvia. Las nubes oscurecían el cielo adelantando la larga sombra de la noche.

Damián entregó una propina a los enterradores y se quedó delante de la tumba de su amada. Habían colocado una pequeña losa en donde podía leerse su nombre: Sonia. Más adelante pediría que le hiciesen un monumento que recordase su belleza y la tristeza de su partida. Había hecho lo mismo con las otras mujeres a las que había amado. Allí mismo, a su alrededor, estaban las tumbas de las otras mujeres. Se paseó por entre ellas recordando a cada una de ellas: Bianca, Christine, Michelle, Sara, Bernarda, Olga… Todas muertas a diferentes edades, en diferentes años. Años en los que Damián fue muy feliz. Amó y fue amado. Pero el dolor de perder a sus amadas empezaba a ser insoportable. Tal vez, con el tiempo, volvería a enamorarse. Y volvería a ser feliz, o lo intentaría, para terminar siendo infeliz. La tristeza empezaba a ocupar más espacio en su corazón que la alegría. Después de tanto tiempo empezaba a comprender lo que le había dicho su maestro, su creador: “La eternidad es una maldición”. Era cierto. Se puede amar muchas veces, de diferentes maneras. Pero el amor se acaba y nace la tristeza que se va haciendo perenne en la vida.



Tal vez debería seguir existiendo sin amar, aceptando la soledad y su dolor. Limitarse a pasear entre los recuerdos que estaban enterrados en el cementerio, al lado de su mansión. Miró hacia el oscuro horizonte y las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Dejó escapar un suspiro y regresó a casa bajo la fría mirada de las estatuas que adornaban las tumbas de las mujeres que amó y le amaron.



FIN

 

Gracias por leer mi escrito. Nos vemos en la próxima.