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Ya estamos sumergidos de lleno en el verano, así que, he decidido publicar un relato breve veraniego. Espero que os guste.
EL CUBO
Para ser un día de verano caluroso no había mucha gente en la playa. De hecho, María se dio cuenta de que las personas que estaban allí eran algunos de los extranjeros que llegaban por esos días para disfrutar de las vacaciones. Ella también era forastera pero había nacido en el pueblo costero, aunque hacía muchos años que no lo visitaba. Este verano decidió que era una buena idea traer a su hijo pequeño al pueblo y enseñarle el lugar que un día fue su hogar, aunque por poco tiempo.
Se acomodaron en la arena y el pequeño de seis años, pidió acercarse a la orilla con su cubo rojo para coger agua. Quería hacer un castillo. María lo acompañó. Las olas mojaron sus pies. El pequeño llenó el cubo de agua y no lejos de la orilla, empezó a hacer el castillo. Mientras, María se tumbó para tomar el sol.
Pasó un tiempo y María se despejó. Se había quedado dormida. Comprobó si el pequeño estaba a su lado pero no era así y sintió que el corazón le daba un vuelco. En esos breves segundos en los que diferentes pensamientos de terror, intranquilidad y raciocinio se apoderan de la mente, recordó que el niño estaba un poco más cerca de la orilla. Entonces se dio cuenta de que se podía oír un ruido extraño. Como si una ráfaga de aire cruzaba un túnel.
Se levantó y miró perpleja lo que sucedía delante de ella. El niño la vio y corrió a su lado gritando algo que solo entendió cuando estuvo a su lado:
—¡Mami, yo no lo hice! ¡Mami, yo no lo hice!
María no entendía a qué se refería. El ruido iba en aumento. Los demás bañistas se acercaron a ella para intentar comprender qué estaba sucediendo.
—¡Mami, yo solo quería hacer mi castillo! —decía el niño. María lo atrajo hacia ella para tranquilizarlo.
Y pudieron ver, perplejos y horrorizados, que en el lugar donde el niño había echado agua para hacer su castillo, se había abierto un boquete que se profundizaba cada vez más y se tragaba la arena.
María y los demás recogieron las cosas y se alejaron de allí pero no lo suficiente pues la curiosidad podía con ellos. Miraron otra vez hacia aquel socavón que se hacía cada vez más grande. Llegó a la orilla y el mar se adentraba en él. Poco a poco se fue ensanchando y profundizando.
María cogió al niño de la mano y tirando a un lado la bolsa de la playa para que no la molestara, echó a correr hacia el pueblo. Algunos de los curiosos hicieron lo mismo que ella, otros se quedaron a observar atónitos como desaparecía la arena y el mar en el agujero que creía más y más.
El ruido se hacía ensordecedor y varios vecinos se asomaron a las ventanas o salían de los negocios para intentar saber qué estaba sucediendo. Mientras, el pozo crecía y se tragaba todo. Quienes se dieron cuenta de lo que acontecía intentaron huir horrorizados pero el hoyo terminaba por devorar personas, animales, casas…
Antes de ser absorbida por la fuerza que emergía de ese extraño agujero, María pudo ver el cubo rojo de su hijo girar en un remolino de viento y energía. No se veía el fondo. No se podía saber si las cosas caerían en otro lugar, desaparecerían o se quedarían así, girando sin parar por algún tiempo, tal vez, eterno.
FIN
Disfrutad del verano. No os olvidéis de leer algo y tened cuidado con los castillos en la arena.









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