martes, 23 de junio de 2026

 

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Hola, queridos/as lectores/as:

En esta ocasión os traigo un relato que trata del amor verdadero en su máxima extensión. O así lo considera la protagonista del mismo.

AMOR VERDADERO

Hibá acompañó a varios demonios hasta la puerta del infierno. Tenían que cumplir una misión: tentar a los humanos para ganar almas. Ella no tenía ganas de salir al exterior. Nunca lo había hecho y odiaba a los humanos y a Dios. Así se lo habían enseñado.

Cuando vio la luz del sol sobre la cima de las montañas que había en frente, coloreando de dorado la blanca nieve, se quedó maravillada. Salió al exterior y aspiró el aire limpio. Miró a su alrededor y escuchó el canto de los pájaros. Un demonio la miró perplejo y le ordenó que regresara al infierno. Hibá iba a obedecer cuando vio un ciervo con su cría y los miró atónita, provocando en ella un sentimiento desconocido que no era solo curiosidad. Entonces se preguntó si esa era la obra de Dios, por qué debía odiarlo. Le parecía que todo cuanto veía era una verdadera maravilla. Y se preguntaba: ¿Cómo eran los humanos?

Y lo que más despertaba su curiosidad era saber qué se sentía al amar a alguien. Ella solo conocía el odio, la soledad, la indiferencia. Reconocía que le había gustado la obra de Dios que conoció y despertó preguntas prohibidas en su ser. Necesitaba saber y para ello debía adentrarse en el mundo de los humanos.

La primera vez que se mezcló con la humanidad se sintió abrumada. Había tanta diversidad de sentimientos y opiniones que no entendía cómo era posible que pudiesen vivir en medio de un remolino tan confuso de energías.

Cuando empezó a distinguir el tipo de sentimientos que tenía cada persona hacia la obra de Dios, y a Éste mismo, se dio cuenta de que no todos sentían lo mismo. Había escépticos, ateos, creyentes, fanáticos. La diversidad la confundía y no conseguía saber qué era amar a Dios.

Habló con representantes de diferentes religiones sobre el amor a Dios. Habló con algunos humanos. No satisfecha con las respuestas pues no lograba sentir ese amor que buscaba, pensó que debía intentar amar a alguien para acercarse a ese sentimiento.

Un día sintió curiosidad por un pájaro: un gorrión. Lo siguió, le dio de comer. Dejó que se acercara a ella y admiró cómo formaba una familia durante la primavera.

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Pero no sintió que ese acercamiento la ayudara a amar a Dios con plenitud. Y se hizo amiga de un perro callejero. Lo adoptó y lo cuidó. Un nuevo sentimiento despertaba en ella. Se preocupaba por el animal y parecía sentir algo más. Tal vez era cariño, además de instinto de protección. Cuando el perro murió por la edad, lo lamentó y lo echó de menos. Supo que había sentido amor por el animal pero no estaba convencida de que ese amor fuese similar al que se puede sentir por Dios.

Y conoció a un hombre con el que sintió más viva que nunca. Con él descubrió qué era estar enamorada. Bailó, rió, se preocupó, lloró de emoción y alegría y fue feliz. Creyó estar cerca, muy cerca de sentir ese amor por Dios que llevaba a las almas al éxtasis. Cuando él falleció la embargó una gran pena, la soledad, el vacío. Y pensó que no debía sentir eso si realmente amase a Dios.

Tenía que haber otra manera de sentir ese amor por el Creador de cosas tan hermosas como la Tierra y sus criaturas. Entonces tuvo una idea: ella también podía dar vida y quizá eso la ayudase a amar a Dios.

Y tuvo una hija a la que adoró desde el primer día que la sostuvo en brazos. Cuando su mirada se perdía en la de la pequeña la inundaba un amor tan infinito que supo que eso debía ser el amor que se sentía hacia Dios. Con el tiempo surgieron conflictos con ese nuevo ser que crecía y la retaba en su intento de formarse como persona. Aun así nunca dejó de amarla.

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Llegó el día en que debía despedirse del mundo y subió a lo alto de la primera montaña que vio al salir del infierno. Desde allí podía contemplar una gran inmensidad de la creación divina. A pesar de los desafíos, las dudas, el dolor, fue amada y correspondió a ese amor. Sintió la obligación de cuidar y proteger a esos seres vivos. Y aprendió a dejar marchar a sus seres queridos cuando llegaba el momento, aceptándolo con resignación pero sin culpar a Dios. Y conoció un nuevo sentimiento que jamás pensó tener: la esperanza. La motivación de confiar en que todo irá bien, que la ayudaba a estar tranquila.

Miró al cielo y dio las gracias por todo ello. Porque le permitieran disfrutar de la vida, de los sentimientos, del amor. Entonces supo que, aunque pudiesen surgir dudas en algún momento, había conseguido amar a Dios. Ya no podía retroceder. No podía odiarlo. No podía luchar contra Él. Se arrodilló y oró. Un ángel del cielo descendió y se puso a su lado. Le tocó la cabeza y sonrió. Dios la había perdonado. Ya no tenía que regresar al infierno. Hibá agradeció la bendición de Dios.

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FIN

 

Espero que os haya gustado este nuevo relato. Os espero en la próxima lectura. ¡Un saludo! 👋

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